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viernes, 28 de noviembre de 2008

ANGEL PARA UN FINAL


“Ahora comprendo cuál era el ángel
que entre nosotros pasó.
Era el más terrible, el implacable,
el más feroz”.

Silvio Rodríguez
Las palabras pronunciadas por Angel Rozas en General San Martín, la semana antepasada, no tuvieron toda la difusión que hubieran merecido. En una reunión poco concurrida de militantes y dirigentes radicales, el ex gobernador lanzó otra de sus arengas napoleónicas, esta vez invitando a “contar las horas” antes de “la caída” del gobierno de Capitanich.

El tono fue tan virulento que hasta un par de asistentes se atrevieron a lo que en otros tiempos no se hubieran animado: se pusieron de pie y contradijeron al caudillo. Rozas bien pudo haber pensado, mientras los oía: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”.
A la semana siguiente, tuvo que soportar otra impertinencia del destino. En un homenaje a Luis León realizado en la Legislatura, Marta Longobardo, la esposa del ex senador, tachó de “traidores” a Rozas y a otros integrantes de su entorno. Se refería a la decisión que en 1994 tomó Rozas de abrirse del MAY de León para enfrentársele en la interna que terminaría siendo la primera escala hacia la gobernación en el ’95.
En realidad, aquello no fue una traición, a menos que Longobardo se refiera a otras cuestiones que no hizo públicas. Pero si habló sólo del retiro del MAY, lo cierto es que fue el propio León el que no le dejó otra salida al entonces diputado Rozas. Ya en 1991 lo había desairado dándole la candidatura a gobernador a Livio Lataza, y para el ’95 podía suceder algo parecido, tronchando un buen trabajo realizado por el legislador con organizaciones del campo y un abanico de gremios.
Pero lo que sí traicionaron Rozas y quienes lo acompañaron en la construcción de lo que sería una nueva hegemonía provincial, fue a las banderas alzadas en el inicio de aquella aventura. El principal reproche que se le hizo a León fue el de un manejo personalista del partido y las candidaturas, que lo había, pero en verdad lo del MAY era democracia suiza al lado de lo que terminó instalando el rozismo.
Eso es tan así que desde que Rozas tomó el timón de la UCR, jamás volvió a haber una elección interna en el radicalismo del Chaco, como no fueran votaciones aisladas en algunos circuitos y municipios, o las internas nacionales por nominaciones presidenciales. Y además, ninguno de los nuevos referentes puede decir, como sí podría decir León, que conserva el mismo nivel patrimonial de doce años atrás.
Peor aún: el rozismo enterró principios asociados desde siempre a la Unión Cívica Radical, como el respeto a las libertades individuales y la defensa de la vigencia plena de las garantías constituciones y de los principios del sistema republicano. A contrapelo de eso, el Chaco quedó convertido en un sultanato donde la única división de poderes residió en que el Ejecutivo, la Legislatura y la Justicia funcionaban en edificios diferentes. El martirio del ególatra
En 2006, otra frase de Rozas tampoco tuvo la difusión que ameritaba. En diálogo con el animador radial Julio Wajcman, dijo: “Soy un ególatra, y el político que diga que no lo es, miente”.
Del asunto me ocupé en su momento en una nota publicada por Norte donde contestaba al inefable ex diputado Guillermo Agüero, quien había intentado descalificar un artículo de mi autoría diciendo que era una “proclama antirrozista” escrita “desde el resentimiento”. La nota en cuestión, en realidad, estaba repleta de cifras oficiales que retrataban el tremendo atraso sufrido por el Chaco de la mano de la exitosa década aliancista.
La egolatría, según el diccionario de la Real Academia Española, se define como: “Culto, adoración, amor excesivo de sí mismo”. Y culto es, en una de sus acepciones: “Honor que se tributa religiosamente a lo que se considera divino o sagrado”. Enlazando ambas definiciones, el resultado no puede ser más inquietante. Ni tampoco más esclarecedor.
Es obvio que para un ególatra, son inadmisibles el rechazo o la no sumisión. Incluso, un pronunciamiento ciudadano emitido en elecciones libres que le diga que la sociedad no lo quiere como administrador del Estado y que debe volver a su casa. Es lo que viene sucediendo desde septiembre de 2007.
No se equivocan los que le reprochan a Rozas no haber asumido que perdió catorce meses atrás. Su negación fue instantánea, en la misma madrugada del 17 de septiembre, cuando -rodeado de sus coreutas y con una sonrisa que apenas era mueca- intentó instalar la idea de que el ganador de los comicios era él, mientras todo el peronismo festejaba en la Plaza 25 de Mayo.
Seguro de que el Cielo no lo traicionaría, hasta se atrevió a desafiar a Capitanich en la TV nacional preguntándole si iba a aceptar una victoria radical en caso de que la dictaminara el escrutinio definitivo, por entonces en marcha. “Si el que pierde soy yo, voy a ser el primero en llamar a una conferencia de prensa para decir: ‘Señores, he perdido, felicitaciones a Capitanich’”, dijo mirando a cámaras en el programa “A dos voces”, del canal Todo Noticias.
Días más tarde, cuando el naufragio electoral quedó sellado, la conferencia de prensa prometida quedó reducida a una escueta “carta” hecha llegar a los medios. El amor religioso de Rozas por sí mismo le impedía hacer más.La gente cambia
Fue el inicio de una venganza que no tiene respiro, y que, efectivamente, cuenta las horas hacia el derrumbe soñado del que osó vencerlo. Es la instalación en la política de conceptos bélicos. Para el rozismo no hay adversarios, hay enemigos. Un enemigo es, por definición, alguien que no puede existir al mismo tiempo en nuestro mismo espacio. En consecuencia, se lo debe exterminar.
De ese razonamiento patológico se derrama el enfermizo espectáculo que se montó en el Chaco, donde los diputados de la Alianza votan desde finales de septiembre de 2007 todo aquello que abominaron mientras estuvieron en el poder. Los maestros del ajuste, del pago de salarios con bonos, de las infinitas “emergencias”, de la censura, de la destrucción de garantías constitucionales, del romance histérico con el menemismo, de la sodomización de la justicia, son ahora los épicos defensores de la mejora salarial permanente en el sector público, de la libertad de expresión y de todas las comas de la Constitución.
Ya ningún medio es suficiente. No basta con sumarle y sumarle gastos a la gestión actual buscando la asfixia financiera. Hay que acelerar el reloj todo lo posible. Si hace falta, que alguien caiga en una peatonal. Si es necesario, mucho más que eso.
No fallaron las encuestas que decían que Capitanich estaba 30 puntos abajo, ni fallaron los chupamedias que decían que en los pueblos la gente dormía besando las fotos del caudillo. No, el que se equivocó fue el destino, falló la vida, metieron la pata los cientos de miles de pelotudos que votaron sin darse cuenta de en cuál boleta estaba la sal de la vida y la luz de mundo.
“Falta poco, falta poco”, piensan alrededor de él. Repasan, y sí: falta poco. Los amigos siguen estando en los tribunales, listos para servir. También siguen en los organismos de contralor. Y hasta siguen en los medios, cobrando como antes o mejor, como siguen en el listado de contratistas y proveedores del Estado. El gobernador, mientras, parece creer que no hace falta limpiar la infección institucional ni volver a colocarle las vendas a la justicia. Al fin de cuentas, en los actos públicos todos cantan el Himno y parecen buena gente.
En verdad, no falta tanto. Sólo es cuestión de estar un poco más enfermos.
Lunes 24 de noviembre de 2008
Sergio Schneider
Recibido por correo electrónico

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"LLEGARÁ EL MOMENTO EN QUE NOS ENSARTAREMOS EL SOMBRERO HASTA LAS OREJAS FRENTA A LAS IGELSIAS, Y NOS DESCUBRIREMOS RESPETUOSAMENTE ANTE LOS BANCOS" (Comentario de don Aledo Luis Meloni sobre el veto de Angel Rozas a la Ley de descanso dominical)