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sábado, 3 de enero de 2009

EL HAMBRE ABSURDO EN LA TIERRA DE LA ABUNDANCIA

La voracidad por el poder y el dinero es la fábrica del arma más silenciosa y letal que asesina con total impunidad: el hambre.
Es así que en esta tierra de abundancia, el hambre mata. Este absurdo tiene su origen en las políticas que no contemplan al hombre como eje y centro de sus decisiones y objetivos finales. El interés de pocos puede más que la salud, la educación, el trabajo, la justicia, la dignidad, la vida y el futuro de las mayorías.
Frente al avance de la siembra comercial a gran escala por parte de empresas, corporaciones o fondos de inversión, que en la coyuntura ven la oportunidad de multiplicar ganancias, se hace imprescindible tener una política para el desarrollo de la agricultura familiar. Porque una cosa es la siembra comercial de miles de hectáreas y otra muy distinta es la agricultura.
El primer caso, que ha cobrado una magnitud inusitada a partir del fenómeno sojero, es transitorio. Pasará en cuanto se modifiquen las relaciones cambiarias, las exportaciones se dificulten, y lo capitales emigren hacia otros mercados más fértiles para la multiplicación rápida de utilidades. Pasará cuando ésta supremacía del interés comercial por sobre la imprescindible conservación de los suelos, termine por degradarlos como ocurre con cualquier extracción minera, y éstos dejen de producir.

Además, en este tipo de explotación, en la que prima la mayor renta por sobre cualquier otro interés, el hombre, está muy lejos de ser el centro. Al contrario, cuantos menos hombres lleven parte de la renta, mayor será la utilidad del empresario. De modo que en un millón de hectáreas con absoluta certeza podemos afirmar que generosamente no serian necesarias más de cincuenta familias.
Sabemos que el ingreso de divisas por exportaciones que genera el sector, es un dato que no puede ser ignorado. Pero no es menos cierto que ese ingreso de divisas debiera, en su mayor parte ser orientado a reparar el enorme daño que el tipo de explotación ocasiona a los recursos naturales y a los campesinos expulsados de sus tierras. Aunque siempre sería insuficiente. Tampoco, y especialmente, debe ignorarse que en todas las políticas de estado el hombre tendría que ser el destinatario de las mismas, para que éste se realice en un marco de dignidad, con trabajo, con salud, con educación, y con justicia. Porque cuando la siembra comercial a gran escala se mude, no habrá ni ingreso de divisas para calmar el hambre de los excluidos, ni tierra fértil, ni agricultores que cultiven sus despojos y generen alimentos. Es un dramático, real y peligroso escenario que avanza.
Para nuestra provincia, dotada con enormes recursos naturales y con historia de crecimiento y desarrollo económico y humano vinculados a la agricultura familiar, es la tierra y la agricultura familiar el escenario más importante con que contamos para colocar al hombre como centro de las políticas de reinserción laboral, social y recuperación del aparato productivo. En un millón de hectáreas la agricultura familiar coloca diez mil familias, esto es ni mas ni menos que alrededor de cien mil personas que con proyectos productivos organizados, aseguran su permanencia en el campo satisfaciendo todas sus necesidades y produciendo y transformando no solo todos los productos agroalimentarios que hoy se importan de otras provincias sino generando importantes excedentes exportables.
La agricultura familiar. Esto es el hombre cultivando la tierra en armonía con ella, y con el medio ambiente, preservándolos para sus hijos y las futuras generaciones es el camino sensato, lógico y responsable, para producir todos los alimentos necesarios para eliminar el hambre absurdo instalado en la tierra de la abundancia. Para hacerlo, no es necesario arrasar ni una sola hectárea más de monte. Este millón de hectáreas y más, están hoy en manos de pequeños productores abandonados a su suerte para que sean acosados por las corporaciones de siembra comercial que pretenden sus tierras en las que ni siquiera quedarán como peones. Su destino, como el de miles que los precedieron, son las villas de las ciudades donde sus hijos sean protagonistas no del desarrollo, sino víctimas y protagonistas de la exclusión, la miseria y el delito.
Las Ligas Agrarias han elaborado lo que denominan “Plan de Desarrollo Productivo Integral Para Productores Agropecuarios en el marco conceptual de la Agricultura Sustentable y la Agroecología”, claramente una herramienta que debiera ser considerada en cualquier diseño de recuperación de la cultura de la producción a escala familiar con base en el asociativismo. Quienes hemos tenido la oportunidad de asistir a charlas en las que se ha analizado y discutido este proyecto, salimos con la convicción de que es posible. Que con inteligencia, con espíritu solidario, y con políticas simples y claras a favor de quienes no queremos ser ni prebendarios ni clientes, estos polos productivos aseguran no solo el afincamiento, sino el retorno a la tierra abandonada de quienes la dejaron porque no tenían futuro. Y la recuperación de la dignidad con trabajo que reporte una vida plena y garantice el desarrollo integral del ser humano. Es el camino para evitar el dramático y peligroso escenario que se avecina cuando la siembra comercial luego de haber expulsado a los agricultores busque otros rumbos, desaparezcan las divisas con las que hoy se mitiga mínimamente el hambre de los excluidos, y nos encontremos sin tierra, sin agricultores y sin la cultura del trabajo.
Este proyecto de las Ligas Agrarias es un grito de alerta, auxilio y esperanza. Es fundamental para todos los chaqueños y los argentinos que no nos encandilemos con circunstanciales explosiones comerciales generadas en el campo. Es vital que quienes tienen responsabilidades dirigenciales perciban que lo permanente en un país eminentemente agrícola ganadero, son los productores afincados a la tierra. Ellos estarán siempre. Lo han demostrado por décadas. Las explotaciones comerciales que practican pseudo agricultura sin agricultores atacan nichos de negocios coyunturales. Hoy la argentina es terreno propicio, y eso permite que le generen al país importantes ingresos de divisas, es cierto. Sin lugar a dudas esto será efímero. Aprovechemos en consecuencia para fortalecer y potenciar el verdadero aparato productivo permanente constituido por quienes labran la tierra con su familia, dando trabajo a sus vecinos y generando la más equitativa redistribución de la renta en forma directa y en sus lugares de residencia.

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