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martes, 12 de julio de 2011

¿POR QUE ESPERÁBAMOS MÁS?
Claro que esperábamos más.
Es el anhelo -y su cuota de ingenuidad- de una argentina que crece. Crece más horizontalmente que nunca, y en ese crecimiento cree que también madura. Y que en esa madurez se integra, en sus expectativas, sus valores, en sus esfuerzos, y que así la patria se enchamiga más.
Piensa que el bienestar creciente refuerza la memoria, y que la memoria es el espejo que devuelve la imagen de lo que nos hicieron los furibundos derechazos de todas las dictaduras y sus eternos aliados mediocráticos, derechozos tan constructores de exclusiones y privilegios como odiadores de igualdades y solidaridades.

Y nos equivocamos. Incorregibles optimistas de la fraternidad, la equidad y la hermandad no nos convencemos que, como mundos, también existen otras argentinas. Varias. Pero la ciudad puerto es seguramente la más otra de todas.
Allí pernocta la más rancia estirpe oligárquica de toda América latina. Desde la vacuna y terrateniente de la pampa húmeda, hasta la financiera y perruna de Puerto Madero y Barrio Norte. Esa que no puede evitar el odio a los cabecitas negras que afean sus parques paquetes y se atreven al desafío de ser. Esa que ve en el peronismo el aluvión zoológico que osa recurrentemente a desafiar sus hartazgos.
Esa ciudad, donde la gran minoría de todos los privilegios convive con apiñadas mutitudinarias soledades bombardeadas desde plasmas que acribillan inteligencias, tiñe de amarillo su futuro.
Amarillo que impone la dictadura de la sociedad de consumo que le dicta su siamesa, la de la desigual distribución de necesidades y saciedades.
A pesar de todo esperábamos más.
Esperábamos el despertar a la realidad magnífica que amanece en la argentina profunda, en la argentina latinoamericana integrada y hermanada.
Esperábamos que las expresiones genuinas del mas elevado criterio de construcción popular, estuviesen por encima de las engañadoras banalidades farandulezcas del impiadoso amarillismo conservador.
Esperábamos más.
Las otras argentinas esperábamos más, y seguiremos esperando.
Seguiremos esperando que también "la ciudad" madrugue al celeste amanecer que sucede siempre al ocaso del crepúsculo.
Esperamos, porque sabemos que las ollas militantes son nuestras, mas genuinas, mas hermanas, mas compartidas que las coquetas cacerolas de teflón.
Y que retumbarán en el despertar de la ciudad a nuestra nueva argentina. Esta que queremos compartir con la ciudad, que también es nuestra.

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