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lunes, 1 de abril de 2013

MALVINAS FUE OTRO DE LOS CRÍMENES DICTATORIALES
 “Quienes festejan no saben que la guerra es una tragedia descomunal, una desgracia indescriptible, así se la gane”.
Con estas palabras respondió mi padre ya anciano, aquel abril, a la pregunta que le formulara sobre la euforia que se vivía en las calles de toda la argentina.
Habiendo aprendido a amar profundamente esta tierra que lo rescató de la miseria, el hambre y la muerte, no sentía para nada que la entrada en conflicto contra los más poderosos del mundo, fuera motivo de júbilo.
Mucho menos en nuestra condición de abrumadora inferioridad, sin estrategia, sin táctica, y sin ningún tipo de alianzas. Así el objetivo fuera tan noble como la recuperación de un brazo desgarrado de nuestro suelo. Una locura que solo producen cerebros destruidos por la prepotencia, la soberbia, el autoritarismo, la insensibilidad y los vicios. Esos que declaran las guerras envalentonados por haber asesinado impunemente, y bajo los vahos del alcohol, pero mandan a la muerte a los demás. Una decisión, que además le sirvió en bandeja al Reino Unido y a la OTAN, la excusa que necesitaban para fortalecer esa base operativa integral que son las Malvinas para esa Alianza militar: casualidad o ¿un nuevo acto de entrega?
Esta herida abierta llamada Malvinas fue también una justificación para que algún uniformado se acordara de “Caincho”, correntino; y de “Beto”, chaqueño. 20 años de olvido, ignorancia y desprecio se interrumpen. La patria llama dicen los que no van. La patria llama justamente a los que nunca asistimos a ningún convite para bien. Solo para cosechar para otro, para hacer la silla en la que nunca nos sentamos, para amasar el pan que nuestros hijos no comen. Y ahora sí a nosotros, justamente a nosotros, nos llaman para ir a matar vaya a saber a quién, o para tener el honor de morir por la patria, dicen.
“Caincho” se subió al camión ignorando su destino. Ahí ya estaba “Beto”, viniendo del Chaco, quién antes de partir vendió su bicicleta y su cama como preanuncio de un viaje sin retorno. El destino común no querido los unió en el camino y la amistad.
Rio Gallegos. Encendidas arengas calientan la sangre para matar el frio, y al enemigo.
Puerto Argentino, gélido preludio del fututo. Se entibian con buena comida, ropa, cobertura para la lluvia, el frío y el viento eterno. La guerra no parece ser tan dura.
Pero la regla indica que para el pobre lo bueno dura poco. A los pocos días se anuncia que la patria nos necesita en Ganso Verde. Y como el soldado no opina, solo obedece, el desierto congelado nos recibe para cargarnos de soledad. Cavamos una trinchera, imposible, sale agua helada. Nuestro nuevo hogar es el reparo de las piedras y algún viejo tractor abandonado, ahí del mar, a metros. Nuestro seguro de vida, un fusil con seis cargadores, y unas pocas raciones de comida.
Es por un par de días nomás. Nuestros generales prometieron volver pronto con refuerzos, comida, carpas, municiones, cañones.
Pasan los días, las frías raciones de comida se acabaron. El hambre hizo puntería sobre algunas ovejas. ¿A quién le puede importar que no se puedan cocinar? Cuando ya cuesta levantar el fusil, sin fuerzas, la carne cruda es medicina que rescata de la muerte cercana.
Ojala vengan pronto los nuestros. Ojala nunca vengan los piratas.
Nunca llegaron los nuestros. Nunca. Pero sí llegaron los barcos, y de los barcos bajaron ellos. Unos “gringos grandotes” que parecían gigantes con esas ropas para frio y lluvia. Miras infrarrojas, municiones, cañones, bengalas.
Agarrotados y famélicos, nos parapetamos tras el viejo tractor y las piedras, y comenzamos a tirar. La guerra no tiene opciones, es a matar o morir. Pero no duró mucho. Ellos eran muchos más y los cañonazos desde los barcos y las balas que llovían alcanzaron a los nuestros.
“Beto” salió corriendo de su refugio con las pocas municiones que le quedaban para cumplir con la arenga: ¡vencer o morir por la patria! Y cayó a unos pasos de mi refugio. Mi última munición ya había partido. Se acabó pensé. Entre la lluvia de agua helada y balas lo arrastré hasta mi piedra. Traté de darle el poco calor que le quedaba a mi cuerpo. Lo abracé fuerte, pero no alcanzó. En un instante partió. En el mismo instante levanté los ojos y me encontré mirado por veinte o treinta ojos. El enemigo también fue testigo de su ida. “Beto” ya cumplió, no pudimos vencer. Es hora de morir me dije en silencio.
Lo recosté contra la piedra, cerré sus ojos y me puse de pié esperando se cumpla para mí también el morir por la patria ante la derrota. De pié, firme, me acomodé los empapados harapos mientras me despedía de mi madre, con el pensamiento, a la distancia. Le pedí perdón por no haber podido vencer. Por dejarla sola. Cerré los ojos, no quería verla venir a la muerte, prefería me sorprendiera, y lo más pronto posible. ¡Tiren!, dije para mis adentros. No tiraron, y me condenaron a esta angustia que solo se alivia cuando veo a toda Latinoamérica unida tras las Malvinas.
Días después me enteré que a los prisioneros nos dejaron en Montevideo. Ahora sí, otra vez los nuestros. Otra vez los generales. Ahora para escondernos como la vergüenza de una guerra que no supimos ganar.
Ellos explicando quiénes eran los culpables, los enemigos. Todos menos ellos que no tiraron un solo tiro, que no comieron ninguna oveja, que no perdieron ningún dedo arrancado por el hielo.
Ellos no, porque ellos no fueron, nunca estuvieron.
Ellos solo se comieron nuestros chocolates.
Ellos fundieron en lingotes el oro que vos entregaste.
Ellos no perdieron la guerra. Ellos no estuvieron en ninguna guerra….”
Compañero combatiente de Malvinas, soldado heroico que no diste discursos desafiantes al amparo cobarde del calor de los despachos, esperaste congelado y hambriento en la trinchera el momento del combate. Moriste por la patria. Merecerás siempre el respeto y reconocimiento de tu pueblo. Ese que mantiene la demanda permanente en todos los foros de planeta – y ahora acompañado por toda la Patria grande latinoamericana - para que la llama que encendió tu entrega, un día también ilumine ese suelo irredento para rendirte el definitivo homenaje.
Tus generales se quedan con el eterno repudio porque te abandonaron, te traicionaron, te entregaron, te robaron. Ellos volvieron a exterminar compatriotas, como era su costumbre y ya lo habían hecho desde el 1976 con más de 30.000 jóvenes.
Porque “Malvinas fue otro de los crímenes dictatoriales” como lo definiera tan certera y categóricamente el Presidente Néstor Carlos Kirchner.

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