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domingo, 3 de mayo de 2015

EL VOTO DEL PUERTO ES BIEN CONSCIENTE
Después del claro y amplio triunfo de Macri en las PASO porteñas, se observa una marcada tendencia a simplificar diciendo que la Ciudad de Buenos Aires vota sin conciencia. Afirmarlo sería desconocer la raíz histórica de los rasgos culturales que impregnan a los habitantes de la ciudad puerto.

Desde el fondo de nuestra historia se dice que la argentina no termina en la General Paz, lo que no hace más que confirmar que hay un país dentro de ese muro virtual, y otro más allá.

El puerto frente al interior, es la réplica local en miniatura pero con la misma matriz, del partido internacional entre imperialismo y nación. Y Buenos Aires es la cuna de la burguesía y la oligarquía que administra la ciudad puerto, cuyo corazón late fuera del cuerpo patrio, por lo que encarna al imperio localmente.

La argentina agroexportadora “granero del mundo” no fue, y en las actuales condiciones no es, ni será horizontal. Desde el llamado mayo patrio se comenzó a construir un plano inclinado hacia el puerto. Cuando creíamos liberarnos, en realidad cambiamos de amo. El imperio británico que en 1806 fracasó en su intento bélico, cuatro años más tarde celebraba con salva de cañonazos desde sus barcos en el Río de la Plata el triunfo diplomático, consolidando su dominio imperial, sellando el perfil agroexportador de argentina, e importador de manufacturas inglesas reemplazando y desmontando toda la incipiente industria nacional.

La vitoria del libre comercio, para los ingleses, cubría de riquezas a la burguesía comercial portuaria que explotaba la intermediación, las exportaciones y la provisión de importaciones al resto del país. Así el nivel de despilfarro de la acomodada clase social del privilegio por ser precursores del cipayismo explotó a todo lujo por lo que pasó a sentirse más europea que argentina. Paralelamente se arruinaban las industrias locales y languidecía el mercado interno, como contracara siamesa de la sumisión. Por eso la argentina cada metro más lejos del puerto, menos cerca de Dios. El sur y el norte postergados, proveedores de mano de obra y productos primarios baratos contrastan con la opulencia de la meca, y también con el centro, más cercano. El puerto bate cacerolas por el dólar con destino oculto e ilegal en paraísos de corrupción especulativa, mientras el norte y el sur reclaman que no los esquilmen con intereses usurarios para la compra de insumos, y precios viles para sus productos.

Así se construyó el gran cono en plano inclinado que converge hacia Puerto Madero. En el puerto más allá de la administración del estado, la meca comercial, vacuna, terrateniente, financiera, especulativa, bursátil, acumulativa, es la gran burbuja que gobierna el comercio en nombre propio y de los imperios. Y para negociar con la aristocracia global es necesario tener prosapia oligárquica que garantice concentración, resplandores esclavistas, superioridad manifiesta en el nivel de vida, y especialmente tolerancia infinita a la pérdida de sentido de nación.

Después de doscientos años de ejercicio tenaz y persistente, reproducido de generación en generación, la macrocefalia incorporó también al oprimido como reproductor fiel de la mentalidad del opresor. Esa sociedad portuaria impregnó con su sello burgués oligárquico a las universidades privadas que eyectan al mercado clones, y especialmente deforman jóvenes estudiantes en periodistas con gran capacidad de desprecio a todo lo que no tenga aroma a perfume francés, o talle de corte inglés.

Entonces, el voto del puerto es un voto consciente. Es el voto que responde a la consolidación cultural de la posición dominante de una clase que mantiene vivo el viejo espíritu colonial hacia el resto del país. Y para eso hay que votar con conciencia de clase.

Por eso se vota a quién no pone en riesgo ni el nivel de vida que hoy permite que las tres cuartas partes de los estudiantes secundarios de la Capital concurran a escuelas privadas pagando una cuota mensual superior al salario mínimo de un trabajador, por ejemplo. Por eso vota el alto nivel de tolerancia a la trata sexual y laboral, al trabajo esclavo que caracteriza gran parte de la actividad industrial, como sello distintivo del poder burgués oligárquico. Por eso se vota el derecho a la evasión, a la especulación por sobre la producción, al dólar por sobre el peso. En definitiva se vota con plena conciencia por mantener los privilegios de ese pequeño gran país, dentro del otro que tiene el raro privilegio de trabajar duro para alimentar su opulencia y despilfarro.

Llevará mucho tiempo, y serán necesarias decisiones políticas con alto contenido y sentido patrio para que el corazón vuelva al cuerpo, y así la ciudad puerto a la nación. El traslado de la Capital al interior con estrategias de desarrollo integral, integrado y con equidad, pondrán sin dudas el primer mojón de una argentina más horizontal. La redistribución de la tierra y su recupero como bien social y base del desarrollo agroindustrial en origen, empoderarán a los hoy desplazados por el centralismo acumulativo de la élite portuaria. La nacionalización de las exportaciones desmontará la brutal e inequitativa apropiación de la burguesía oligárquica, y la devolverá a sus legítimos destinatarios que son los miles de productores a lo largo de toda la república.

Así la ciudad puerto será una parte más de la argentina y la General Paz no será ni barrera ni muro que la aísle del cuerpo nacional. Entonces, y con el paso de algunas generaciones se podrá esperar que el voto del puerto siga siendo un voto consciente, pero con la mirada puesta en la argentina, y no en los intereses de una clase con mentalidad y añoranzas europeizantes como rasgo distintivo de un país colonial para pocos. 

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